domingo, 10 de octubre de 2021

HISTORIAS DEL ROMÁNICO

 

ANTOLOGÍA. HISTORIAS DEL ROMÁNICO.

VARIOS AUTORES

M.A.R. EDITOR

 


Los libros en que participan varios autores casi siempre tienen el problema de ser disímiles, esto es, que, según la sensibilidad del lector, no estén todas las aportaciones a la igual altura; sin embargo, no es menos cierto que este inconveniente puede revertirse en virtud, tal y como entendían los griegos el término, ya que al aumentar las perspectivas sobre un mismo asunto, aumenta también la mirada global que sobre el mismo puede tener el lector. Tal sucede con Historias del Románico, publicado bajo el sello de M.A.R Editor. Un grupo de diecisiete autores con una larga trayectoria literaria (si contamos al autor del excelente prólogo, dieciocho) se dan cita en estas páginas para, a partir de sus propias vivencias, recuerdos o lecturas (y, puesto que estamos ponderando textos literarios, echando mano de la imaginación y la creatividad), reconstruyen una edad pretérita en la cual la visión que tenían los hombres del mundo era muy diferente a la nuestra.

Un mundo diferente que para signarlo se utilizaba un lenguaje diferente. Así lo primero que encontrará el lector será una catarata de palabras no al uso en nuestra cotidianeidad; un vocabulario común en el pasado, reconocible por los medievales, pero hoy en día olvidado. Y lo curioso es que estas palabras que eran moneda de cambio entre las gentes llanas y analfabetas, al caer en desuso, no solamente se convierten en arcaísmos sino, las más de las veces, en cultismos. Será para el lector una orgía descubrirlas, señalarlas, y alguna que otra vez buscar su significado.

Se nos invita a viajar a la vieja Castilla, a su historia, a su arte, a sus pueblos otrora llenos de vida, poblados por las gentes que les daban su peculiar sentir, en contraste con una actualidad de desolación y yermo. Lo que antes fue movimiento y vida, hoy es reseco erial, cardo, paramera infinita. Es por eso que en estos relatos (o a mí me lo ha parecido) resuenan los autores de la generación del 98. Los actuales y los del 98 se detienen en el viejo adobe de las casas de las poblaciones tendidas entre pequeños cerros sin árboles, con apenas unos cientos de habitantes, mal surtidas en cuanto a servicios, pero que albergan una riqueza patrimonial de primerísima importancia. Y no solo eso; lo triste, y que hay que sumar al descuido, es la espoliación a que se ha sometido tal patrimonio desde la desamortización de Mendizábal para acá (el hombre globo, como lo llamó Larra), con la connivencia de autoridades civiles y eclesiásticas. No es de extrañar que a uno de los autores del libro le dé por pegar un par de tiros a quienes se les debe en honor de la justicia literaria, aun con el silencio que impone la discreción.

Y sí, el Cid cabalga por la inmensa estepa castellana tras la jura de Santa Gadea, perseguido por un rey vengativo, al destierro. Refulge el sol en las cotas y las mallas… La Castilla guerrera se intuye en castillos que fueron moros, después cristianos, nuevamente moros y nuevamente cristianos. La reconquista se extiende del Duero hacia abajo; los reyes guerreros no dan tregua a las pequeñas Taifas en las que se ha descompuesto el califato de Córdoba. Pero resuena también la Castilla mística, la poblada de monasterios, después de conventos, de iglesias, de colegiatas, de catedrales…, y la menos mística cuando se toca las condiciones de vida de los canteros, los abusos a que eran sometidos. Porque estamos en una sociedad donde la ley no es la misma para el noble que para el plebeyo; el plebeyo siempre pierde y el noble, aunque no las lleve, posee la razón y la verdad. Dada esta situación, ¿qué puede hacer el plebeyo? O someterse y acatar el yugo, o rebelarse y asesinar. Después huir.



Me ha llamado la atención la insistencia con que los autores citan a Frómista y la pequeña joya del románico que se erige allí: San Martín. Y la verdad es que tal insistencia me ha producido un ligero escalofrío, pues me ha llevado a echar los ojos hacia el pasado, a mi pasado, cuando hace años, con mochila y bastón, hice el Camino de Santiago, arteria de la antigua Castilla y vía de repoblación de los territorios conquistados al moro. Sentí la sequedad castellana de un mes de julio, la desolación de los pueblos en los que había proyectado descansar un poco, tomar un café y, después, seguir andando recuperadas las fuerzas, porque no había cafeterías, ni tiendas y, en la mayoría de los casos, ni fuentes de agua. Eran pueblos semivacíos adosados al Camino. Llegué a Frómista al caer la tarde desde Castrojeriz, y al día siguiente, antes de que saliera el sol, ya estaba en camino. Me esperaba una etapa salvaje, pues de un tirón me planté en Sahagún. Era joven entonces, pero los veinte kilómetros de calzada romana me destrozaron los pies; desde ese momento hasta Santiago, y aún más, hasta Fisterra, el dolor lo tuve por compañero.

Frómista fue un pequeño y breve remanso en mi deambular. Por aquella época yo era lector de Juan García Atienza y de otros autores dados a lo mágico y esotérico y me interesaba todo lo concerniente a la España mágica, en aquella ocasión, al simbolismo del románico y del Camino, porque románico y Camino vienen a ser casi sinónimos. Bañado en San Juan de Ortega por la luz simbólica de sus capiteles, me esperaba la de San Martín de Frómista, inerme, alta, desafiando el tiempo y los siglos. Una gozada.

Conscientemente omito entrar en cada uno de los relatos, en citar nombres o reproducir algún párrafo o frase interesante. Ya lo hace el prologuista de modo magistral. Sí invito a la lectura de esta antología de Historias del Románico, liviana y enormemente atractiva, porque remueve nuestro interior y algo nos recuerda de lo que fuimos.

 

                                   Todos los derechos reservados.

                                   Jesús Cánovas Martínez@

                                   Filósofo y poeta.

                                   Ad astra per aspera.

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