sábado, 15 de octubre de 2022

PRESENTACIÓN DE "EL BABOSO" POR FRANCISCA MARTÍNEZ MERINOS

 

FRANCISCA MARTÍNEZ MERINOS. Presentación del libro: El Baboso, 30 septiembre 2022

 


Buenas tardes:

Recibir de nuevo aquí, en Fuente Álamo, a Jesús Cánovas, es una continuación de amistad. Es recibir al amigo de esta villa, que viene a presentarnos su nueva obra, con el mismo cariño que lo hace siempre y con el mismo cariño con que lo recibimos.

Esta es su segunda novela, muy distinta de la anterior (El Quinto Camino de temática amorosa) y muy original como Jesús acostumbra. Hablaremos de ella, que es nuestro cometido, dentro de unos momentos.

Jesús Cánovas Martínez es licenciado en Filosofía y Catedrático de dicha materia, actualmente jubilado. Natural de Hellín, donde nació, y murciano, pues es en Murcia donde ha residido la mayor parte de su vida. Tiene, con este, quince libros publicados, nueve de poesía y seis de narrativa.

Tuve el honor de presentar alguno de ellos y tengo el orgullo de ser su amiga desde tiempos remotos, desde los encuentros con el grupo poético Espartaria, en Lorca, y desde los primeros Rincones de Poesía de Las Palas, así como de los Febreros Poéticos, aquí en Fuente Álamo, y en otros rincones de la geografía murciana, compartiendo tiempo y versos con tantos buenos poetas y amigos.

Su penúltimo libro Aires del Sur (relatos), del que hasta el momento se han publicado tres tandas, constituido por una serie de relatos a cual más sabroso de leer, fue una novedad dentro del mundo de la literatura. Y cierto es que la frescura y gracia de estos relatos, que ya nos hicieron reír entonces por el tratamiento irónico de la realidad, adelantan en algo esta novela, El Baboso, pues en ella se mantendrá el tono irónico y aparecerán personajes conocidos por los lectores de Jesús Cánovas, como Gruli Mochuelar o Miguel Cagarrutio.

EL Baboso es una satírica e inteligente novela donde se airean las aventuras provincianas en el submundo literario de los diversos personajes que la componen. Nuestro autor los maneja y zarandea a su antojo, con una enorme  capacidad imaginativa, obvia y altamente demostrada, cambiando el tercio según proceda o estime conveniente. El resultado es la risa a calzón quitado.

En temática, El Baboso nada tienen que ver con los escritos de su autor de hace unos años,  poemas distribuidos en nueve libros, con el que hoy nos ocupa.

        Estos eran algunos de los versos con los que Jesús Cánovas ganaba el Premio  de poesía Aurelio Guirao del año 2015:

 

Otra vez la luz, palomas:

 

Como esos niños juegan en la plaza,

recuerda que jugaste en otra plaza

con traje de domingo, detrás de las palomas.

Bajo los ficus altos horadados,

la luz se debatía

precipitada y alegre entre zureos.

 

Y en este mismo año, febrero 2022, gana el Premio José María Cano, con la obra MEMENTO, que comienza de esta manera:

 

1

En el recuerdo vivo.

Pasado sin futuro ya soy, aunque no soy.

En la luz trascendida del instante,

del tiempo que sucede mas no pasa.

por el amor transido, mi alma mezo.

 

2

El sueño me desviste con anhelos

de deriva y serena la luz baila.

Mis ojos inundados

entre las rosas dejo que se posen.

 

        Parece que en Jesús Cánovas cohabitan dos seres antagónicos, pues al elitismo casi críptico de su poesía opone la llaneza e ironía de su prosa, que en El Baboso quedan resaltadas en cada página, tantas veces en diálogos chispeantes. Traigo al caso un cruce de palabras entre el protagonista de la novela, Clemente Domínguez, y un esperpento de los que pululan por los bajos fondos de la literatura, Tapón Matujillo. Están en una cafetería, la Tiffanys, preparando el discurso que al día siguiente Clemente debe exponer con motivo del nombramiento de Tapón como Hijo Predilecto de Los Barros. Tapón, empedernido alcohólico, en un momento dado suelta un espeluznante grito, y Clemente le recrimina:

 

—¿No habíamos quedado en que no gritarías? —intervino Clemente, un tanto molesto.

—¡Yo no he quedado en nada! ¡Soy libre y grito lo que me sale de la punta del nabo! Se me ha acabado el carajillo y necesito otro. ¿Cómo tengo que pedirlo, cojones?

—Tapón…, Tapón…, ya te lo he dicho antes, este es un lugar decente… —susurró Clemente.

—¡Qué decencia ni qué capullos! ¡Estoy seco y tú tienes la culpa por hacerme hablar tanto! Iiiiiiiaaaaoooooiiiihhhhh… Iiiiiiiaaaaoooooiiiihhhhh…

 

Perdón, antes de proponer esta cita, debería haber advertido acerca de la Nota  especificada al principio de la novela a modo de advertencia:

 

Todo es ficción en la novela El Baboso, situaciones y personajes, pero ficción que, por su carga de esperpento y patetismo, pugna por salirse de las páginas y abrazar la realidad. El abuso en la ironía corre parejo al de lo políticamente incorrecto desde su inicio hasta su final. El autor pretende hacerle pasar un rato distendido al lector y, si fuera posible, más que la sonrisa, arrancarle la carcajada.

 

Pero somos adultos, como adultos vivimos y conversamos los unos con los otros y, al igual que de cualquier cuestión de este nuestro padecido mundo hacemos burla y critica, al igual se tratan aquí temas de toda índole, desde la envidia, la vanidad, la cobardía, hasta el maltrato de género o la homosexualidad, todo referido con la hipérbole máxima, o sea, con la máxima exageración  humorística.  Y así han coincidido los numerosos artículos y reseñas que ha suscitado este libro.

En diarios como La Opinión el insigne  Francisco Javier Diez de Revenga dice: Lo que ofrece ahora el autor en El Baboso es  un satírico e inteligente relato de las triquiñuelas y aventuras del submundo literario generado en la vida provinciana.

            En La Verdad,  Alberto Toribio refiere: realiza un tratamiento irónico y con mucho humor sobre la trama  de  envidias, celos y navajeo que hay entre esos poetas que no salen de un fondo. Algo en donde el suplemento  Ababol, también del diario La Verdad insiste Antonio Ortega, comparándolo con lo mejor de Berlanga o Valle Inclán.

            Exageración, ironía, un osado vocabulario en el tratamiento de los temas y una cruda ficción/realidad que muestra el mundo de la subliteratura de la Región de Murcia (o de cualquier otro territorio comanche, como decía el novelista), con premios poéticos concedidos por Asociaciones de Amas de Casa, sean de La Arboleja Perdida o del barrio de Quitapellejos, y publicados en revistas cosidas con grapas como “Florilegios de la Arboleja Perdida”. A veces el mayor logro de estos autores del submundo literario consiste en entrar en alguna asociación literaria como Renania, perteneciendo así a grupos tan infumables como el de los renanos. Para saber más, leed.

Siguiendo con los artículos y reseñas que este libro ha cosechado, también Encarna Talavera desde la 7 tv de Murcia recomienda su lectura en voz de nuestra querida y conocida Mariángeles Ibernón. La entrevista de Radio Pinatar, a cargo de María José Navarro Villaescusa se hace eco del libro y lo elogia al mismo tiempo que lo recomienda.

 Francisco Javier Illán Vivas, en su blog Acantilados de papel expone: pululan raros personajes, tan extraños, que cualquier parecido con la realidad podría parecer que es real.

Dice Fulgencio Martínez en su artículo sobre este libro:

“El humor, a menudo burlón e inocente, rabelesiano, otras ácido y moralmente censor como el de Quevedo  y siempre festivo y chispeante, está perfectamente encajado en una sátira de la subliteratura y en especial de la caterva de los poetas.

“Para un satírico como Francisco de Quevedo, el autor de Los Sueños, los poetas daban mucho juego como objeto de sátira, tanto por sí mismos como seres humanos desventurados, como por su parentesco, sino semejanza más que formal con los locos. Platón relacionó las distintas especies o formas de locura o manía y en todas ellas el poeta proporcionaba un cabal ejemplo”.

Y de tal temática va El Baboso de nuestro amigo Jesús Cánovas, del mundo de la subliteratura o de los bajos fondos de la literatura. El protagonista Clemente Domínguez, profesor de Química y poeta, convive y trata con una serie de personajes, afanados todos en llegar a la gloria literaria, convertida en Premio máximo; y, mientras esta llega, en publicar en revistas cutres del mundillo, sean Los pasteles oscuros de Renania. Se describen capos (o capillos), mafiosos y esperpénticos personajes, que con sus ridículas hazañas quieren alcanzar la gloria. Individuos  como Tapón Matujillo. Trepario Retrepa. Agónico Duermevelas, Virtuoso Maltedén, Miguel Cagarrutio, Canuto Iscariote, Cándido Alegrías, Margarita Follasnovas conseguirán arrancar la risa al lector, llevados siempre al extremo, a la máxima hipérbole humorística.

“A los poetas habría que rebanarles los huevos”, dice La Ziuka, trabajadora de la cafetería o “puticlub” Tiffanys

Amigos, en palabras del autor “ya hay suficiente tristeza en el mundo como para añadir más”. Por eso, para conjurar la tristeza, recomiendo leer El Baboso, que a ratos escandaliza, a ratos violenta, a veces asusta y siempre hará pensar y sentir. La ironía es el humor de los inteligentes; creámoslo así y riámonos de nosotros mismos, de lo relativo que circunda nuestra vida y de cómo vivimos engañados intentando alcanzar unas metas que no son sino efímeras y tal vez quimeras.

A reír, pues, que son dos días.

Gracias, Jesús, por haber venido a darnos a conocer tu nuevo libro, este Baboso, con el que deseamos que los lectores disfruten y tú sigas cosechando el éxito merecido por tu trabajo. Deleitémonos ya, sin otros comentarios, con su lectura…












Texto de Francisca Martínez Merinos.
Ad astra  per aspera.


domingo, 18 de septiembre de 2022

EL BABOSO. COMENTARIO DE FULGENCIO MARTÍNEZ

 sábado, 11 de junio de 2022
UNA NOVELA DE HUMOR ("EL BABOSO"). Comentario de Fulgencio Martínez a una novela de Jesús Cánovas/ Revista Ágora digital /Bibliotheca Grammatica/Junio 2022/ Avance de Ágora N. 12
 


 
 
UNA NOVELA DE HUMOR (“El Baboso”)
 
Da gusto abrir un libro y empezar a disfrutar con su lectura desde el primer momento. Así le ha ocurrido a este lector con El Baboso, la última novela de Jesús Cánovas Martínez, publicada en la editorial almeriense Círculo Rojo.
El Baboso es una novela de humor, sin complejo en presentarse dentro de este género narrativo tan inusual hoy en día; esto es ya un dato significativo y revelador de la independencia respecto a las modas y de la autonomía literaria de que hace gala este autor, nacido en Hellín, Albacete (1956) pero que podría haber nacido en Galicia, como Wenceslao Fernández Flores o como Alvaro Cunqueiro, por recordar a dos insignes antecedentes de este prosista de raza, dotado de nervio y gracia que es Jesús Cánovas, quien ya hizo disfrutar a sus lectores con su maestría de juglar narrador en los cuentos que componen la serie de Aires del Sur.
Jesús Cánovas ha escrito un relato donde tienen curso legal, natural, la ironía, la exageración humorística, lo alegórico y el plano más realista, junto con la elocuencia culta, el distanciamiento, lo metaliterario y, a su modo oblicuo, irónico, la autoficción, hoy tan de moda, o sea, lo que casi todos los novelistas han hecho toda la vida: novelar su mundo propio, con un grado más o un grado menos de distancia y creación metafórica. El autor en este libro ha apostado por el humor para no recaer en la pedantería de la novela poética de uno mismo.
El humor a menudo burlón e inocente, rabelesiano, otras ácido y moralmente censor como el de Quevedo, y siempre festivo y chispeante, están perfectamente encajados en una sátira de la subliteratura, y en especial, de la caterva de los poetas.
Para un satírico como el citado Francisco de Quevedo, el autor de Los sueños, los poetas daban mucho juego como objeto de sátira, tanto por sí mismos, como seres humanos desventurados, como por su parentesco si no semejanza más que formal con los locos. Platón y cierta tradición neoplatónica, recogida en el Renacimiento por Marsilio Ficino, relacionó las distintas especies o formas de locura, o manía: en todas, el poeta proporciona un cabal ejemplo.
Es verdad que se puede entender la sátira a los poetas que desarrolla el relato de Jesús Cánovas (él mismo, un excelente poeta, autor de poemarios como Convocada soledad, entre otros títulos poéticos) como en el fondo la sátira de los pedantes; la pedantería andante en literatura está muy extendida -y aquí, se incluirían también a los críticos o simples reseñadores como servidor- pero, tanto o más se cierne el infierno pedante en la política, en la ciencia, en el ecologismo, en los toros, en el fútbol, en la curia, en la Universidad, y paro por no aburrir… Se me olvidaban “las redes”: ahí pupula más la pedantesca condenada grey). Quién no se cree dueño de razones o conocimientos que han de revelarse al público vengan o no a cuento y sin que nadie lo demande (en el doble sentido de este verbo). Porque el pedante no necesita discípulos ni tampoco se siente responsable de lo que comunica. El poeta puede matar a uno o a lo sumo a unos pocos oyentes, con un pliego de malos versos; pero el político, la cantante de moda, la influencer, el periodista de grandes audiencias matan a muchos. El Papa de Roma y Putin el Nerón de Rusia, también. Metafóricamente, se entiende; salvo en el último caso.
Vivimos épocas donde la retórica ya no sigue a la filosofía, tampoco a la ciencia, ni siquiera a la economía. Se habla por hablar, para tener “likes”, para hacer, no discípulos, sino bancos de zombis.
¿Entonces, me pregunto, porqué centrar la carga de la sátira en el poeta, como hace este relato? Pienso que por un segundo tema, del cual la sátira es metáfora, y que también a su modo se encuentra en el poeta, o, para ser más exactos, da con el poeta como figura paradigmática y por ende más propicia al estilete satírico que, como suele, exagera y focaliza aquello que de partida ya es risible para un “sentido común”. Ocurría ya en la comedia de Aristófanes, con el personaje Sócrates (en aquella sociedad ateniense eran objeto de burla los filósofos y buscadores de la verdad). Los poetas, estos otros buscadores, pero de la belleza, incurren muy a menudo en la ficción, o peor aún, en el autoengaño (en su pesquisa ideal se les nubla a menudo el juicio; pero, incluso, cuerdos son vanidosos como niños o como catedráticos, que diría Baroja).
Una caricatura del filósofo es, a su manera, el pedante omnipresente de hoy, al que nos hemos referido arriba. Una caricatura del poeta la proporciona el propio poeta, o subpoeta, como diría el autor de este libro que comentamos. El subpoeta, verdadero objeto de la sátira, es aquel que a los rasgos fantásticos (por decirlo en positivo) del poeta añade la mala calidad moral; o sea, el ser un mal tipo. Y aquí encallamos, finalmente, en el trasfondo de la sátira. Sátira sin moraleja, es verdad. La fábula del libro nos presenta el mundo risible, ridículo, del brujuleo pululante del mal, la mezquindad y la falta de empatía que vienen a esconderse entre las flores bellas de los poetas, pues de siempre al mal le ha gustado pervertir a los ángeles o sublevar a estos, para mejor camuflarse.
El personaje central del libro, Clemente Domínguez, poeta y profesor de Química, es una especie de Fausto continuamente tentado a pasar al bando oscuro para alcanzar la gloria poética. Dos “fuerzas”, aliadas, sin embargo, le ayudan a mantenerse en su humanidad y rectitud. La de su esposa, Tecla, quien primero le apoda con el adjetivo "baboso" (del título del libro), por estar siempre a la sombra del juicio de la secta subliteraria (una de las escenas más hilarantes, se da en los primeros capítulos donde juega la antítesis de ambos caracteres en un diálogo sapiencial, matrimonial, precioso y muy divertido, a lo Conde Lucanor, donde aquí el consejero es Tecla). Y el otro aliado es el narrador, un auténtico canalla delicioso, que emplea un lenguaje desinhibido y, cuando se requiere, culto, incluso erudito y latinoparlante.
Uno de los máximos hallazgos en una novela es la sorpresa -cuando no es fácilmente traída-. Es así que en este relato una de las sorpresas con la que hemos topado sea este rasgo cómico cervantino de que los personajes, sobre todo, los personajes secundarios -que dan mejor esta nota por contraste con su importancia en la acción- se saben dentro de la locura del personaje central (creerse perseguido y a la vez rechazado por la mafia subliteraria); por lo que esos personajes secundarios (una chica de un taller literario, Margarita Follasnovas, o la presidenta de una Asociación de Mujeres convocantes de un premio literario ganado por Clemente) comentan con su mismo lenguaje las obsesiones de este. La suspensión de la verosimilitud que impone la premisa de que todos los personajes participan de un mismo mundo ficcional y reaccionan a los mismos valores y contravalores, es muy sugestiva literariamente (cinematográficamente, la maneja como nadie otro gran humorista, Woody Allen).
Finalmente, el relato, por el canalla de la voz narradora, tiende humorísticamente al género de relato de santos, de hechos de santidad y superación de la acción del demonio. El protagonista se reconoce ante el espejo, reconociéndose a sí mismo, con sus virtudes y defectos, más allá (o tal vez nunca llegue ese más allá) de las burlas y las veras.
 
Texto original


Fulgencio Martínez, filósofo y poeta.

LA CONEXIÓN ITALIANA

 La CONEXIÓN ITALIANA

JUAN FRANCISCO DÍAZ NAVARRO

MALBEC

 


Una preciosa localidad del sudeste en el litoral murciano, marco para la trama: Águilas. Un asesinato a resolver, la muerte del dueño de una pizzería con claros signos de haber sido torturado. El pasado turbio de unos italianos arribados a la ciudad, gentes que quizá escondan algún tipo de secreto que no quieran hacer público y, por supuesto, no sean quienes dicen que son. Unos personajes inquietantes recién aparecidos por la localidad y, Sergio y sus compañeros, los policías locales de Águilas, que velan por la convivencia codo con codo con la Guardia Civil.

Quien escribe La conexión italiana, Juan Francisco Díaz Navarro, conoce de primera mano los entresijos policiales, el mundo del crimen y las investigaciones llevadas a cabo para esclarecer los delitos, no en balde lleva veinte años en el Cuerpo de Policía, y tal eventualidad se nota a la hora de dotar de verosimilitud al thriller policíaco que nos presenta en la novela. Desde el inicio envolverá al lector una atmósfera de misterio a la vez que cotidiana: cotidiana, porque la acción se desarrolla en el micromundo de la ciudad de Águilas, donde los personajes que integran la novela son conocidos y mantienen unas firmes relaciones familiares y de amistad con sus conciudadanos; de misterio, porque algo foráneo irrumpe, de forma tan repentina como salvaje, en la plácida convivencia de estas personas, hasta el punto de que, tras el asesinato de Federico Gentile el pizzero (o, mejor, cabría decir de Francesco Martelli),  se desvela el pasado inquietante de unos personajes sobre los que, en principio, no cabría ningún tipo de sospecha.



La Policía comienza sus indagaciones y paulatinamente irá descubriendo el doble rostro de unas personas que se supone participaron en el gran robo de uno de los bancos importantes de Italia en la ciudad de Livorno. No solo se llevaron un montón de billetes, sino que sustrajeron algo más: unos papeles que podrían comprometer seriamente a varias familias de la mafia. Por su seguridad, la Cosa Nostra necesita dichos papeles; arrasará con vidas y lo que haga falta para conseguirlos y, por descontado, no estará dispuesta a perdonar, incluso con el paso de los años, a quienes se los llevaron.

La novela pivota entorno a Sergio Navarro, el policía local que tuvo una infancia, por así decirlo, entre dos mundos: el mundo del orden y el de la delincuencia. En este sentido resaltaré la importancia de un personaje secundario muy interesante que vela por la seguridad del policía. Me refiero a Trinidad, la guapísima gitana que asume el liderazgo de la mafia aguileña y, por ende, levantina, tras la detención del Lucio, un traficante de droga. Trinidad fue el primer amor de Sergio, pero ya se sabe, el primer amor nunca desaparece… quien es capaz de ordenar la ejecución de un hombre, también es capaz de velar por su hombre. Lo curioso es que Sergio seguirá enamorado de ella como al principio, lo que vivamente contrasta con su amor por Raquel, ahora concejala del Ayuntamiento de Águilas, quien, a pesar de haber dejado la relación, aún le hace cosquillas en el pecho. Otro personaje interesante es Toño Morales, más que compañero, amigo de Sergio, quien sin dudarlo pondrá en juego su carrera y hasta su vida por cubrirle las espaldas. Toño (entre otras razones porque es mayorcito) ha corrido unos cuantos kilómetros; tras la separación de su mujer anda algo despendolado, pero guarda en sus adentros la fascinación por su amor platónico, Sonia Ricci, la despampanante rubia platino (antigua actriz, ahora escritora afincada en Águilas), por cuyo amor, tenerla cerca, admirarla, llegó a participar como extra en algún spaghetti western.

Juan Francisco Díaz irá tensando la acción de La conexión italiana (y, consiguientemente, la emoción suscitada en el lector) hasta el punto de que esta se acelerará conforme transcurran las páginas, llegando a un clímax en los capítulos finales. Diálogos fulminantes, interrogatorios precisos, tensiones que involucran a los mismos integrantes del Cuerpo, y acción, mucha acción, asaltarán al lector como cambios de plano o vueltas de tuerca que volverán más atractiva su lectura.



La conexión italiana no es la primera novela de Juan Francisco Díaz, pues con anterioridad ha publicado La muerte visita Águilas en la misma editorial, Malbec. Le deseo un futuro plagado de éxitos literarios a este joven autor, pues al conocimiento de los temas que trata, suma una habilidad literaria especial, una prosa rápida y eléctrica que enseguida cautiva al lector.

 

                        Todos los derechos reservados

                        Jesús Cánovas Martínez

                        Ad astra per aspera.

miércoles, 14 de septiembre de 2022

CONFESIONES DE UN BEST SELLER Y OTROS RELATOS OSESIVOS...

 

CONFESIONES DE UN BEST SELLER Y OTROS RELATOS OBSESIVOS…

J. LOVEDARK

EDICIÓN DE AUTOR

 


¿Qué debe hacer un escritor para saltar a la fama? Para el protagonista de Confesiones de un best seller, indudablemente, quitar de en medio los obstáculos que lo impiden, y, si estos obstáculos son malandrines que se han cruzado en su camino con la clara finalidad de entorpecer tal fin, no quedará otra opción que asesinarlos. Y así lo resuelve, en la soledad de su cubículo, este escritor atormentado, atacado por las pesadillas pero con una visión clara de lo que debe hacer. Planeará y llevará a cabo de forma inmisericorde la eliminación de cuatro individuos molestos, eso de momento.

El protagonista se convierte en un asesino en serie y con toda la intención del mundo, con saña y sed de venganza, pidiendo la justicia que se le ha hurtado, actuará llevando a cabo estas muertes minuciosamente proyectadas. La pena es que la realidad no sigue a la idealidad, y lo que fue concebido casi como una obra de arte se convierte en algo tosco, bufo y burdo. Muere un quiosquero en un extraño incendio, a patadas pasa a mejor vida un fotógrafo que pretendía lucirse ante una fan desconocida, el plomo de un revólver derrumba a un animador cultural en mitad de una Feria del Libro (de paso, por estar donde quizá no deben, quedan masacrados unos cuantos culturetas) y, por último, un palazo bien dirigido a la sien lleva a caer de bruces a un escritor guaperas y algo chulo.

Eliminados estos obstáculos, y no sin experimentar la ley de Acción y Reacción, esto es, un molesto karma que casi le lleva a fenecer entre los cañaverales del río, a los que en mala caída se precipita, con algún hueso roto y una oreja medio comida por las ratas, el escritor asesino que ansía la fama encuentra definitivamente la paz. No, no es que muera, pues al cabo lo vemos vivo y coleando y, animado por cierto regocijo interior, con ganas de escribir. Con ganas de escribir su propio relato, en primera persona para no faltar a la verdad y darle más morbo al asunto. Alcanzará el reconocimiento literario de esta singular forma.

Las confesiones de un best seller son un despropósito de principio a final, hasta el punto de que provocarán fácilmente la hilaridad en quien se acerque a ellas. Fluyen con una prosa rápida que no se detiene en divagaciones distractivas, así redunda en páginas de una gran intensidad, que el lector podrá disfrutar, ya que la velocidad  de la narración le impelerá a ello, de una tacada. El relato está ambientado en la ciudad de Murcia y sus aledaños, lo que situará a los asesinatos en circunstancia conocida, y mucho me temo, demasiado conocida, ya que parece a todas luces que los personajes asesinados tienen un correlato con la realidad. No sé, eso habría que preguntárselo a Javier L. García Moreno (autor que se esconde bajo el alias de J. Lovedark), porque yo me dedico a plasmar simplemente mis impresiones y no soy nadie para desvelar ciertos secretos. Sin embargo, y en otro orden de cosas, lo que no ofrece duda es que Javier L. García Moreno hace un guiño a los escritores del submundo literario y les muestra el camino a seguir si quieren ser famosos y ganar dinero.



Los otros tres relatos que siguen a las Confesiones son igualmente obsesivos y del mismo estilo literario (¿Por qué no me contestas?, Fin de la partida, Con paciencia y buena letra). El autor enfrenta en ellos las relaciones alarmantes que mantienen personajes paranoides con el sexo contrario. Sorprenderán, seguro, porque, a la vez que despiertan la risa tonta, hielan la sangre.

En los personajes que transitan por estos cuentos veo la sombra de Poe y, a mi entender, la de Dostoievski (el autor me comenta que no lo ha leído). Son gente desarraigada, solitaria y narcisista; el cóctel necesario para que en ellos se alumbre la figura del psicópata. Personajes que, de algún modo, conocen la diferencia entre el bien y el mal, pero, aun así, hacen el mal a sabiendas y, conscientes de su degradación, la disfrutan como una dulce tortura.



Curioso que no se especifique el nombre de los protagonistas de ninguno de los relatos, como si con este hecho el autor intentará manifestar, al igual que con el seudónimo elegido, que son proyecciones de sí mismo, sombras de su yo, que realizan lo que en pesadillas nocturnas, y altamente tormentosas, ha ideado en su caletre. Pero seguro que no es así, y si Javi está algo pillao, también es verdad que son muchos los que andan pillaos en el submundillo literario, razón por la cual cualquier amenaza que se pudiera imaginar que proviniera de él queda desactivada. En descarga de Javi diré que es buena gente, de trato cordial, con un buen sentido de la ironía y, por supuesto, alguien que prefiere matar en el papel antes que en la realidad. Aun así, sospecho, no sé por qué, que en un futuro próximo debido a alguna mano negra desconocida se producirán nuevos asesinatos. Si esto ocurriera, recomiendo que al autor de Confesiones de un best seller y otros relatos obsesivos… no se le chiste por encima del hombro, se le trate bien y con la debida deferencia. Nunca se sabe.

                                              

Jesús Cánovas Martínez©

                             Todos los derechos reservados.

                               Ad astra per aspera.

jueves, 25 de noviembre de 2021

LA CATEDRAL DE ÉBANO

LA CÁTEDRAL DE ÉBANO

PEDRO GONZÁLEZ NUÑEZ

M.A.R. EDICIONES

 


Pedro González Núñez nos relatará en La catedral de ébano una sorprendente historia en la que se entrelazan dos líneas narrativas. Por un lado, la doble vida del doctor Jacinto Masegosa quien, por el día, atiende a una rica clientela en su consultorio y, por la noche, se dedica a insospechados experimentos en el laboratorio que tiene en el sótano de su mansión, y, por otro, el misterio que esconde la catedral de ébano. Ambas líneas confluyen en una novela que se inclina hacia lo gótico al tiempo que numerosas gotas de humor la aderezan con una ironía macabra.

Estamos en los años finales del siglo XIX, en abril de 1888 para ser precisos, cuando el doctor Masegosa recibe una inquietante carta que incluye una curiosa paradoja temporal. Enseguida su cerebro de científico comienza a elucubrar sobre el verdadero significado de la misiva, qué misterio esconde y por qué le señala la catedral de ébano (antigua catedral dedicada a la Virgen María, llamada de esta forma porque, tras un incendio, sus muros adquirieron la negrura del ébano) como final de sus pesquisas. La catedral está desacralizada y sobre ella gravitan numerosas leyendas hasta el punto de que es evitada, ya que el solo andar por sus aledaños produce escalofríos. Se dice que un obispo negro hace siglos se dedicó a extraños experimentos de magia oscura hasta que las gentes del lugar, imponiéndose al miedo, se sublevaron e incendiaron la catedral con el mismísimo obispo dentro; los gritos del obispo, aguzando el oído, aun se oyen durante las noches. También se dice que entre sus oscuros muros habita el diablo.

Masegosa recibirá la visita de Elsa, una joven dama que está enamorada del todavía joven doctor, pero a quien él, absorbido por sus inquietantes pero trascendentes experimentos, no corresponde. Elsa, conocedora de que le han enviado la carta, le advierte que debe destruirla, porque los que hasta ahora la han recibido han muerto en el plazo inexcusable de cuatro días. Como Masegosa no cede ante sus ruegos, le invita a visitar al abad Simón de la Abadía del Norte, persona versada que ha investigado sobre el particular y podrá aclararle algunos puntos que desconoce. En efecto, el abad Simón le refiere la historia y leyendas que gravitan sobre la catedral de ébano, y es muy explícito cuando le advierte que, si quiere sobrevivir, debe destruir la carta antes de que esta haga sentir la maldición que porta y le conduzca hacia la ineludible muerte.

La mente científica del doctor Masegosa no es proclive a aceptar misterios donde planean las supercherías, así que reta al abad y con contundencia le dice que descubrirá el secreto que guardan los muros de la catedral a la par que le asegura que no morirá en ese intento.

La carta obsesiona a Jacinto Masegosa, pero no le impide concentrarse en el gran descubrimiento que pretende llevar a cabo; un descubrimiento de tal envergadura que conlleva una auténtica revolución al cambiar los modos de ver el hombre y la sociedad. Así, pues, sigue adelante con sus experimentos secretos ayudado por su particular Igor, el joven Ricardo Márquez, prometido de su silenciosa ama de llaves, a quien no le asiste más que el único escrúpulo de las ganancias materiales.





¿Continúo y desvelo un poco la trama de la novela…? ¿Sigo a pesar de que tal osadía no sé si molestaría al autor…? ¡Pues lo voy a hacer!

Queda claro que Jacinto Masegosa es un científico de primer orden y está al tanto de los últimos descubrimientos de la ciencia. Cuando estudiaba en La Sorbona se codeó con las mentes científicas más avanzadas de su época, entre las que se encontraba la de Nikola Tesla, de quien recoge no pocas de sus brillantes ideas para aplicarlas a las investigaciones que lleva a cabo. Masegosa está deslumbrado por el poder de la ciencia y sus posibilidades inmensas, por eso, al igual que Víctor Frankenstein, está empeñado en descubrir los secretos de la vida; en su caso, en la posibilidad de separar el alma de un cuerpo y hacerla transmigrar a un nuevo cuerpo. Platón y otros filósofos de la antigüedad ya hablaban de la trasmigración y sostenían que cuando el cuerpo muere, el alma pervive y busca un nuevo cuerpo donde alojarse; digamos que este es un proceso natural. Lo que intenta el doctor Masegosa es realizar tal proceso saltándose los pasos naturales que seguirían a la muerte, provocando de modo artificial la transmigración del alma a otro cuerpo elegido de antemano. Ayudado por el señor Márquez, quien le suministra cadáveres o rapta mendigos, gente de los bajos fondos para que le sirvan de cobayas, ya ha avanzado en ese sentido. Cuando recibe la carta maldita está a punto de concluir su experimentación: hacer transmigrar el alma de un cuerpo, al cual se le ha extraído de modo artificial, a otro, previamente muerto, sin perder la identidad o consciencia que tenía antes de ser trasvasada.

Exitoso el experimento, no relataré más que la euforia del doctor cuando comprueba que también puede revertir el proceso. Estas son sus palabras:

 

Todavía tienen que pasar varios intensos minutos hasta que el cuerpo de la víctima da señales de vida. Toco su cuello y tiene pulso. Es muy débil, pero está ahí, regresando de entre los muertos, si es que esa definición es aplicable a esta situación única sobre la que todavía tengo mucho que estudiar y aprender. Lo he logrado, soy capaz de revertir el proceso. El poder que tengo en mis manos en este momento es inmenso. Me siento como un demiurgo con capacidad para decidir quién vive y quién muere, y me encanta.

 

 El doctor Masegosa, finalmente, intenta descubrir el secreto de la catedral de ébano yendo él mismo pero en otro cuerpo diferente. Fracasa. Aun así, tiene una última carta que sacará para terminar el juego: un androide. Sí, una máquina perfecta de metal, compuesta de complejos engranajes donde podría habitar el alma eternamente sin sufrir por el deterioro de esas carcasas de huesos, músculos y órganos. (No sé por qué al llegar aquí recuerdo algunas escenas culminantes de Metrópolis, la película de Friz Lang). Nuevos experimentos…, nuevas transmigraciones, idas y venidas de las almas, que conducirán a un final sorprendente, inesperado, al desvelarse el misterio que guardan los muros de la catedral de ébano.

Con un pulso narrativo trepidante, la novela no deja dormir al lector; por el contrario, azuza su atención para que pueda leerla de un tirón, tal y como le ha ocurrido al que esto escribe.

La catedral de ébano entretiene, es dramática a la par que divertida, de tal modo que, tan solo por eso, ya ha cumplido objetivos; pero también interesa por los problemas científicos y filosóficos que plantea y la consiguiente reflexión a que incita. Vamos con la bioética: ¿tiene la ciencia un límite moral o ético? Hoy en día no existe la figura del científico solitario que de manera heroica investiga sobre un determinado campo, sino que la investigación científica es multidisciplinar y cooperativa; pero en la época en que se circunscribe la trama de la novela todavía estamos en el siglo XIX y ese científico que investiga en solitario, quizá algo chiflado, es la norma. Sin embargo, los problemas éticos siguen siendo los mismos, tanto hoy como ayer. ¿Se puede investigar sobre cualquier tema y utilizar cualquier método, máxime si el objeto de esa investigación es el propio ser humano? El problema está abierto y es candente, pero parece más de filósofos que de científicos. Los médicos nazis, como si fueran doctores Masegosa o Frankenstein, pasaron olímpicamente de la cuestión ética y, a pesar del horror que nos produce echar una mirada sobre los experimentos que realizaron, parece que las investigaciones génicas actuales siguen por el mismo camino, saltándose a la torera cualquier freno ético. Dicho lo cual, la novela dibuja como trasfondo una cuestión interesante: el transhumanismo. Pedro González la apunta con gracia, con ironía, con cierto desenfado, pero es cuestión que está en el palmarés de las problemáticas científicas actuales. ¿Podríamos trasladar nuestra esencia, o alma, aquello que nos define como lo que verdaderamente somos, a una máquina hasta el punto de que, en principio, pudiéramos vivir eternamente? A quien no esté versado en estos temas podría extrañar si le digo que hay en marcha investigaciones en dicho sentido (la robótica, la inteligencia artificial), remota aspiración a la que la mitología griega ya dio una respuesta: Talos.



La verdad es que no me extraña que Pedro González sea el autor de novela tan calenturienta como La catedral de ébano, porque echando un somero vistazo a su biografía literaria encuentro que ha producido numerosas novelas firmadas con diversos nombres: Joe Lem, Perry Green, PG Sharpe. Parece como si su alma se difractara o él mismo, Pedro, tuviera varias almas que intentan manifestarse en sus diferentes escritos. Me pregunto si estos nombres son realmente heterónimos, ¿o son más bien ortónimos? Así me surge una pregunta inquietante que invade mi cerebro: ¿es el verdadero Pedro González quien escribe La catedral de ébano o es otro diferente que ha usurpado su nombre y habita su cuerpo? Hago notar que es la única novela que este individuo firma como Pedro González, por lo que albergo mis sospechas. Quizá no exista el tal Pedro González y sea otro quien lo sueña o habita; no sé. Dejo tal cuestión a la sagacidad del lector para que sea él quien la resuelva.

 

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                                               Jesús Cánovas Martínez©

                                               Filósofo y poeta.

                                               Ad astra per aspera. 

domingo, 10 de octubre de 2021

HISTORIAS DEL ROMÁNICO

 

ANTOLOGÍA. HISTORIAS DEL ROMÁNICO.

VARIOS AUTORES

M.A.R. EDITOR

 


Los libros en que participan varios autores casi siempre tienen el problema de ser disímiles, esto es, que, según la sensibilidad del lector, no estén todas las aportaciones a la igual altura; sin embargo, no es menos cierto que este inconveniente puede revertirse en virtud, tal y como entendían los griegos el término, ya que al aumentar las perspectivas sobre un mismo asunto, aumenta también la mirada global que sobre el mismo puede tener el lector. Tal sucede con Historias del Románico, publicado bajo el sello de M.A.R Editor. Un grupo de diecisiete autores con una larga trayectoria literaria (si contamos al autor del excelente prólogo, dieciocho) se dan cita en estas páginas para, a partir de sus propias vivencias, recuerdos o lecturas (y, puesto que estamos ponderando textos literarios, echando mano de la imaginación y la creatividad), reconstruyen una edad pretérita en la cual la visión que tenían los hombres del mundo era muy diferente a la nuestra.

Un mundo diferente que para signarlo se utilizaba un lenguaje diferente. Así lo primero que encontrará el lector será una catarata de palabras no al uso en nuestra cotidianeidad; un vocabulario común en el pasado, reconocible por los medievales, pero hoy en día olvidado. Y lo curioso es que estas palabras que eran moneda de cambio entre las gentes llanas y analfabetas, al caer en desuso, no solamente se convierten en arcaísmos sino, las más de las veces, en cultismos. Será para el lector una orgía descubrirlas, señalarlas, y alguna que otra vez buscar su significado.

Se nos invita a viajar a la vieja Castilla, a su historia, a su arte, a sus pueblos otrora llenos de vida, poblados por las gentes que les daban su peculiar sentir, en contraste con una actualidad de desolación y yermo. Lo que antes fue movimiento y vida, hoy es reseco erial, cardo, paramera infinita. Es por eso que en estos relatos (o a mí me lo ha parecido) resuenan los autores de la generación del 98. Los actuales y los del 98 se detienen en el viejo adobe de las casas de las poblaciones tendidas entre pequeños cerros sin árboles, con apenas unos cientos de habitantes, mal surtidas en cuanto a servicios, pero que albergan una riqueza patrimonial de primerísima importancia. Y no solo eso; lo triste, y que hay que sumar al descuido, es la espoliación a que se ha sometido tal patrimonio desde la desamortización de Mendizábal para acá (el hombre globo, como lo llamó Larra), con la connivencia de autoridades civiles y eclesiásticas. No es de extrañar que a uno de los autores del libro le dé por pegar un par de tiros a quienes se les debe en honor de la justicia literaria, aun con el silencio que impone la discreción.

Y sí, el Cid cabalga por la inmensa estepa castellana tras la jura de Santa Gadea, perseguido por un rey vengativo, al destierro. Refulge el sol en las cotas y las mallas… La Castilla guerrera se intuye en castillos que fueron moros, después cristianos, nuevamente moros y nuevamente cristianos. La reconquista se extiende del Duero hacia abajo; los reyes guerreros no dan tregua a las pequeñas Taifas en las que se ha descompuesto el califato de Córdoba. Pero resuena también la Castilla mística, la poblada de monasterios, después de conventos, de iglesias, de colegiatas, de catedrales…, y la menos mística cuando se toca las condiciones de vida de los canteros, los abusos a que eran sometidos. Porque estamos en una sociedad donde la ley no es la misma para el noble que para el plebeyo; el plebeyo siempre pierde y el noble, aunque no las lleve, posee la razón y la verdad. Dada esta situación, ¿qué puede hacer el plebeyo? O someterse y acatar el yugo, o rebelarse y asesinar. Después huir.



Me ha llamado la atención la insistencia con que los autores citan a Frómista y la pequeña joya del románico que se erige allí: San Martín. Y la verdad es que tal insistencia me ha producido un ligero escalofrío, pues me ha llevado a echar los ojos hacia el pasado, a mi pasado, cuando hace años, con mochila y bastón, hice el Camino de Santiago, arteria de la antigua Castilla y vía de repoblación de los territorios conquistados al moro. Sentí la sequedad castellana de un mes de julio, la desolación de los pueblos en los que había proyectado descansar un poco, tomar un café y, después, seguir andando recuperadas las fuerzas, porque no había cafeterías, ni tiendas y, en la mayoría de los casos, ni fuentes de agua. Eran pueblos semivacíos adosados al Camino. Llegué a Frómista al caer la tarde desde Castrojeriz, y al día siguiente, antes de que saliera el sol, ya estaba en camino. Me esperaba una etapa salvaje, pues de un tirón me planté en Sahagún. Era joven entonces, pero los veinte kilómetros de calzada romana me destrozaron los pies; desde ese momento hasta Santiago, y aún más, hasta Fisterra, el dolor lo tuve por compañero.

Frómista fue un pequeño y breve remanso en mi deambular. Por aquella época yo era lector de Juan García Atienza y de otros autores dados a lo mágico y esotérico y me interesaba todo lo concerniente a la España mágica, en aquella ocasión, al simbolismo del románico y del Camino, porque románico y Camino vienen a ser casi sinónimos. Bañado en San Juan de Ortega por la luz simbólica de sus capiteles, me esperaba la de San Martín de Frómista, inerme, alta, desafiando el tiempo y los siglos. Una gozada.

Conscientemente omito entrar en cada uno de los relatos, en citar nombres o reproducir algún párrafo o frase interesante. Ya lo hace el prologuista de modo magistral. Sí invito a la lectura de esta antología de Historias del Románico, liviana y enormemente atractiva, porque remueve nuestro interior y algo nos recuerda de lo que fuimos.

 

                                   Todos los derechos reservados.

                                   Jesús Cánovas Martínez@

                                   Filósofo y poeta.

                                   Ad astra per aspera.